miércoles, 15 de septiembre de 2010

PERFECCIÓN

Hace mucho tiempo os prometí un post sobre las viñas. No hay mejor momento que ahora para hacerlo. Este texto lo escribí para el concurso del año sabático en la Rioja, del que, por cierto, no sé quién ha ganado todavía. Espero que os guste tanto como lo disfruté escribiéndolo:

La visión de las cepas me emociona. Me ha emocionado siempre. Las viñas tienen un palpitar que se ajusta al mío, me adapto a su ritmo y las vivo en el corazón. El invierno las convierte en esqueletos  algo tenebrosos y  la poda regala ese sarmiento que, cuando se quema, huele a campo, a bruma húmeda, a tierra mojada. Con el paso de los meses los viñedos empiezan a brotar, es como un milagro observar que, esas pequeñas hojas, crecen  firmes y seguras, bajo la mirada atenta de su cuidador y, en el ecuador de la primavera, lucen tiesas, desafiantes al  calor; brillantes bajo el sol y la lluvia. Casi con la entrada del verano, bajo las hojas, nacen pequeñas joyas: esmeraldas incipientes, todavia diminutas pero que apuntan maneras. El calor las hace crecer, engordar y convertirse en jugosas uvas que pesan sobre el cuerpo de las cepas como pechos repletos. Al finalizar agosto y al inicio de septiembre se recogen esos preciados racimos, convirtiendo la vendimia en una fiesta, en un ritual, en un ir y venir de tractores repletos de uva. Y cuando esa orgía de olor, tacto y sabor finaliza es cuando se produce el milagro y las viñas nos regalan sus mejores colores, un espectáculo para quien lo quiera disfrutar y que, para mi , es el éxtasis. Ocres, dorados, rojos y granates dan paso a la llegada del frío que barrerá ese bonito cuadro y convertirá de nuevo el paisaje en un coro de esqueletos con el secreto de la vida eterna.

Es el ciclo de la naturaleza: morir para vivir, vivir para seguir muriendo.

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