jueves, 22 de mayo de 2008

MERCEDES


Es domingo de Carnaval, desde que dejé la ciudad, cada año disfruto del desfile que se celebra en el pueblo costero en el que vivo y de donde es originaria mi familia materna. Acabamos de comer y mi madre trae a la mesa un gran álbum, “son fotos que hizo tu abuelo”, me dice. “Vaya, no sabía que el abuelo era fotógrafo”, le contesto. “Pues, sí, pero lo era a escondidas de tu abuela, él mismo revelaba sus carretes en un cuartito oscuro que tenía en casa”; “Mamá, ¿y a la abuela por qué no le parecía bien?”- pregunto. “Pues, hija, todo eso era muy caro, y ella no le encontraba el sentido”.

De esas fotos han pasado al menos ochenta años, la mayoría fueron tomadas entre los años veinte y treinta, antes de nuestra Guerra Civil, y ahora tienen mucho sentido, ya que formarán parte de un hermoso libro que un grupo de historiadores y arqueólogos del municipio publicarán próximamente, pero eso mi abuela no lo sabía, ella sabía de muchas otras cosas.

Entre todas esas fotos había una suya, detrás del mostrador de la carnicería que mis bisabuelos tenían en la Calle Principal. Ese mostrador, actualmente nos parecería muy pobre, hecho de madera blanca, encima del mármol poco producto , todo arropado con manteles de hilo blanco rematados con puntas de bolillo, una huevera colgada con media docena de huevos blancos, y mi abuela, tan delgadita, vestida con su delantal, impecable, cortando la vianda.

Cuando tuve esa foto en mis manos, me ocurrió como en la novela de Proust, aunque ya había acabado de comer y no mordí ninguna magdalena, viajé a mi infancia, a esos veranos que pasé con mi abuela en la década de los setenta, y que vistos en perspectiva han marcado mi forma de ser, mi carácter, en definitiva toda mi vida.

Mi abuela solía contarme que su padre siempre le decía: “Niña, no vas a pesar nunca más de tres onzas”; a mi en esos entonces me parecía imposible ya que mi abuela, no era muy alta, pero estaba entradita en carnes, su cara era redondita, sus ojos castaños, la nariz prominente, su dentadura, postiza, perfecta, con un color de esmalte muy natural, y un diente de oro que le encantaba lucir cuando sonreía. Cuando nos íbamos a dormir, ella sumergía su flamante dentadura en un vaso de cristal que tenía encima de su mesita de noche, y me mondaba de risa cuando me hablaba y me hacía carotas con sus encías al descubierto, nunca olvidaré ese sonido tan peculiar de la dentadura al ponérsela y sacársela.

De buena mañana, al despertar, mi abuela hacía gimnasia encima de su cama, bueno más que gimnasia era un movimiento de rótulas, Siempre me contaba que desde los treinta y seis años tenía dolor en sus rodillas, y ella misma se obligaba a moverlas cada día, ya que no estaba dispuesta a que la dejaran inmovilizada por el dolor. A mi me gustaba mirarla y emularla, yo también movía mis rodillas, mientras ella cantaba alguna canción que había aprendido en el coro escolar, nada más lejos de la tendencia “funky” que se avecinaba a finales de los setenta. Y ahí nos tenéis a las dos, dale que te pego con las piernas alzadas, dibujando molinillos hacia delante y hacia atrás. Las rodillas de mi abuela parecían cantar su propia melodía ; sonaban a bisagras oxidadas chirriando al compás de la música.

Minutos más tarde llegaba la hora del aseo. Mi abuela se lavaba “a plazos”, primero la cara, después los pies, después los bajos, como ella decía. Vaya, que tenía una flamante y moderna bañera con ducha de teléfono y sólo la utilizaba una vez por semana. A mi me hubiera gustado ducharme cada día, como hacía en la ciudad en casa de mis padres, pero la presión del agua era tan floja que os aseguro que acababa antes adoptando el método a plazos.

Las camas en casa de la abuela se deshacían y se hacían todos los días del año. Nada de arreglarlas, como hacemos actualmente con las fundas nórdicas. Además los colchones eran de lana, y cada día se giraban y se apaleaban con una especie de raqueta de tenis que a mi me parecía divertidísima. Entre las dos girábamos el colchón superior, había dos, y hacíamos las camas con esmero. Mi abuela siempre me contaba la misma historia.: Su madre, mi bisabuela, nunca dejó que nadie hiciera su cama. Mi abuela siguió con esa costumbre, siempre decía que la cama era algo tan íntimo y personal que nadie, a no ser uno mismo, debía hacérsela. Lo que son las cosas. Actualmente me hago yo la cama, no me gusta que nadie me la haga y mi hija siempre me pregunta “mami, ¿quién te ha enseñado a hacer así las camas?”, yo siempre le respondo “la yaya”, y me dice con una sonrisa “me encanta que me la hagas tú, mami, noto todo tu amor”.

Los desayunos en casa de la abuela eran después de ir a comprar el pan. Mi abuela vivía muy cerca de la panadería pero en el pueblo había varias y cada día me hacía ir a una diferente, costumbre de los pueblos, a todos se les debe complacer. El pan de Bernat era un poco soso, y el de Irene no muy tostado, el mejor era el de Marcel. Un pan cocido en un horno de leña, y con un sabor tan bueno que nunca jamás he vuelto a probar uno igual, y os aseguro que lo busco. Cuando tocaba ir al horno de Marcel, tenía que madrugar más, me encantaba la coca de pan con azúcar quemado que preparaba todas las mañanas, pero era tan popular que se acababa enseguida. A mi abuela esa coca no le gustaba, decía que era tan seca como Lidia, la mujer del panadero, pero en realidad lo que le pasaba es que su dentadura no resistía morderla sin que su integridad peligrara.

Durante el desayuno, el tema principal era qué haríamos ese día para comer. Mi abuela era una excelente cocinera, de las mejores. Siempre me contaba historias de cuándo era joven y durante las fiestas del pueblo, todos sus hermanos, eran siete, iban a comer y a cenar. Ella mataba los pollos o los conejos, y preparaba unas cazuelas sabrosísimas para todos, o unos arroces para chuparse los dedos. De postres hacía pasteles, aunque su especialidad era el brazo de gitano de crema. En la cocina era feliz, todo lo mezclaba a ojo de buen cubero, no necesitaba pesar los ingredientes, parecía un alquimista preparando la más sutil de las pócimas. A mi, su sabiduría culinaria me impresionaba. “Hoy haremos callos”, me dijo. “¿Y eso qué es, abuela?”, “Ya te lo contaré por el camino”, contestaba.

Para salir de casa mi abuela era de las que se arreglaba, era una mujer muy elegante, se peinaba con un moño a lo Grace Kelly, tenía poco pelo, como ella decía, pero sabía sacarle el mejor partido. La ropa interior de mi abuela era la prueba definitiva de que pertenecía a otra época. Nunca la llevaba negra, decía que a mi abuelo no le gustaba, pero él hacía años que ya había muerto. Sus bragas las podríamos clasificar como talla súper maxi grande superior. Le llegaban hasta por debajo del pecho, éste iba cubierto con un corsé hasta la cintura que modelaba su figura y por encima de las maxi bragas una faja que casaba con el corsé abrochándola con unos botones. La tarea diaria de instalación de esa ropa interior era encomiable pero más aun la de las medias que iban atadas a la faja mediante unas ligas que eran una obra de ingeniería ligera. Una vez la parte interior estaba “en orden” se ponía uno de sus bonitos vestidos de verano, con unos zapatos de rejilla que se adaptaran bien a sus juanetes. Volvía delante del espejo, y se aplicaba un poquito de colorete Maderas de Oriente de Myrurgia, y carmín en sus labios que eran muy finos. “Qué guapa estás, abuela”, le decía yo mirándola embelesada a través del espejo, y ella siempre me contestaba “es que quien tuvo, retuvo”

Salir a comprar con mi abuela era como ir a la mili, ella había tenido también una tienda de ultramarinos después de la guerra civil, y tuvo que vérselas con las cartillas de racionamiento. Siempre me contaba la miseria que se pasó en el pueblo, pero que ellos eran afortunados, tenían carnicería y tienda de comestibles, además mi bisabuelo era pastor y el recadero del pueblo, eso le permitía hacer muchos “business” como diríamos ahora.

Mi abuela me contaba que para pesar los alimentos utilizaba un papel muy grueso, así podía ir sisando parte de lo que pesaba, que quedaba en casa, un poco de arroz, unas cuantas patatas, algo más de legumbres, y de esa forma complementaba su alacena, lo que permitía que su familia nunca pasara hambre.

Así que cuando alguien intentaba hacer lo mismo con ella lo detectaba al momento, sabía quien tenía la balanza trucada, ella también lo había hecho, o quien daba gato por liebre. Era exigente al máximo con la comida y me enseñó a saber distinguir los productos frescos, de primera calidad, de los que estaban a punto de caducar, aún cuando antes no se ponía fecha de caducidad en casi ningún producto. Donde mejor lo pasaba era en la carnicería. Cuando la veían llegar, a los carniceros ya les entraba como un sudor frío, porque ella les daba instrucciones muy concretas de lo que quería y ay, del pobre carnicero que fuera aprendiz, ya que ese día recibiría una “master class“ impartida por mi abuela. Pero, lo crítico, era cuando me mandaba a mi sola a la compra. Al llegar a casa vaciaba la cesta , pasaba revista a todo lo que había comprado y me explicaba los errores que había cometido, “ves, estos tomates no están lo suficientemente maduros”, “la judía está tierna cuando al romperse entre tus dedos cruje”.

A mediodía empezábamos a cocinar, su cocina era muy pequeñita y disponía de los utensilios básicos, todos eran muy antiguos. La abuela no era amante de los nuevos electrodomésticos, con el único que cedió fue con el mini-pimer. Yo le hacía de pinche, le picaba la cebolla, le rallaba el tomate, le ayudaba a mezclar la masa de las tartas, admiraba su arte, y escuchaba todas sus instrucciones. Era reacia a explicarlo todo pero viéndola aprendí todos sus trucos, esos que no contaba a nadie. Con mi madre apenas he cocinado. Es curioso, pero mi madre es cocinera “inspirada”, no le gusta la cocina del día a día, le gusta hacer cosas espectaculares y sofisticadas, con ingredientes caros, de primera calidad, se atreve con recetas de chef francés, para ocasiones especiales, pero la rutina diaria la aburre. Aunque, para hacerle justicia, nadie prepara como ella las croquetas de pollo y los flanes de huevo. Con mi abuela tuve la oportunidad de cocinar día a día y aprender a aprovecharlo todo. El agua de cocer la verdura es ideal para preparar un caldo fino vegetal con juliana o fideo cabello de ángel. El pescado frito que sobra está buenísimo con una rebanada con pan con tomate para cenar.

Después de comer, mi abuela se sentaba en su sillón y se dormía, pero que no se me ocurriera fregar los platos durante ese rato, los platos eran cosa suya. Más tarde he pensado que le gustaba hacerlo, tenía una ventana delante del fregadero, a la que asomaban unas buganvillas de los vecinos que estaban preciosas en verano y creo que se relajaba fregando platos y gozando de las flores.

Por la tarde, casi siempre, nos íbamos de visita, como ella decía. Visitábamos a su cuñada que vivía en la plaza del pueblo, o a la otra cuñada que vivía en la calle Principal, en una casa de estilo indiano, con un gran recibidor lleno de esculturas que a mi me parecía tétrico. Le preguntaba “abuela, ¿hoy también iremos a la casa de los fantasmas?”, ella se reía a carcajadas, su risa era muy contagiosa, bonachona, sincera, su diente de oro brillaba, y casi siempre acababa con lágrimas en los ojos de tanto reír. En esas reuniones de tarde siempre se hablaba de los temas de actualidad del pueblo, del último cotilleo, y también del pasado, de lo que se hacía cuando ellas eran jóvenes. Nunca me aburrí escuchándolas hablar de cómo se morían los niños cuarenta años atrás, de tifus, de accidentes con braseros, de enfermedades que ahora se pueden curar con antibióticos; de cómo sus maridos habían luchado en la guerra, se habían escondido, o se habían defendido, de cuan miserable era la vida durante esa post-guerra tan gris y pobre para la mayoría, pero el mejor de los temas era el de la escuela. Mi abuela siempre me hablaba de su maestra Doña Plácida.

Doña Plácida era aragonesa y soltera, accedió a la plaza de maestra del pueblo y vivía en la misma escuela. Tenía en su clase niñas de todas las edades, no se separaban por cursos como ahora. Todas las niñas le tenían miedo porque cuando explicaba la lección y alguna de ellas no atendía, doña Plácida paraba la clase y le preguntaba a esa niña que qué estaba explicando, la niña, claro, no sabía contestar y la maestra se dirigía a ella apuntándola con un enorme sello que llevaba en el dedo anular y golpeándola con él en la frente decía “Si las tontas volaran, ¿dónde estaríais vosotras?”

Mi abuela tenía una hermana catorce años mayor que ella, de hecho era hermanastra, pero eso es para contarlo en otra historia. Siempre me explicaba que su hermana Teresa le cosía todos los vestidos. Compraban revistas “de maniquís”, y mi abuela y ella decidían cuál cortarían para lucirlo en las fiestas del pueblo, que se celebran para la Virgen del Carmen, en julio. Su hermana cosía para mi abuela unos vestidos tan estilosos que, según ella, era la envidia de todo el pueblo. Esos vestidos los complementaba con todos los accesorios, bolso, zapatos, y sobretodo los pendientes, creo que mi afición a ellos se la debo a mi abuela, que los tenía de todos los tipos y estilos. Recuerdo con muchísimo cariño que cuando nació mi hija, mi abuela vino a visitarme al hospital y me regaló sus pendientes con aguamarinas y brillantes, unos de sus favoritos.

A la abuela no le gustaba ir a la playa, era de las que pensaba que estar moreno hacía de payés, que la blancura de la piel denotaba categoría y mejor clase social. Pero los tiempos habían cambiado y la playa de mi pueblo es maravillosa, una de las playas con más yodo de la costa mediterránea. Así que como vio que el sol iba bien para sus rodillas algunas mañanas cambiábamos la rutina habitual y bajábamos a la playa. Ella se ponía una gran pamela y un bañador negro muy elegante, réplica de su sistema de ropa interior. Bajábamos con una hamaca sobre la que ella se tumbaba. Apenas si se mojaba las piernas en el mar, no sabía nadar, y me vigilaba con máxima atención mientras yo lo hacía. Era muy estricta con el horario, y parece que era avanzada a su tiempo, ya que siempre me decía que a la una debíamos volver, “el sol de pasadas la una es perjudicial para la piel “, me sermoneaba. Y sí, tenía mucha razón, lástima que no le hice mucho caso. Con el tiempo fue aceptando esa moda del bronceado, y algunos veranos se quitaba la pamela y dejaba que el sol la tostase un poco más y, realmente estaba guapísima.

Cuando echo la vista atrás y pienso en mi abuela, me invade una gran ternura, la misma que ella me dedicó durante todos esos veranos. Fue la mejor abuela que una niña puede desear, estricta pero flexible, comprensiva y siempre atenta a todo lo que me ocurría. La echo de menos cuando estoy cocinando, preparando alguna de las recetas que ella me enseñó, y no la puedo llamar para preguntarle qué especie le echaba a ese guiso, o cuánto tiempo lo ponía al horno.

Estoy muy orgullosa de haber dejado la ciudad al nacer mi hija, y mudarme al pueblo donde pasaba mis veranos. Me instalé en la misma calle donde vivía mi abuela y pudo disfrutar de su bisnieta ocho maravillosos años. Siempre me decía que tenía una hija guapísima, y rara era la tarde que no se pasaba por casa para jugar con ella.

Mi abuela dejó un poso profundo en mí. Me enseñó a saber disfrutar de las cosas sencillas y de las personas a las que más quiero. Me mostró parte de su pasado y me explicó historias que ahora cuento a mi hija. Vivió independiente hasta cumplir los, noventa y cuatro años y os aseguro que, mientras pudo, nunca dejó que nadie le hiciera su cama ni lavara sus platos.


Este relato quiero dedicarlo a todas las abuelas, que cuidan de sus nietos.

3 comentarios:

  1. Hola!! Soy nueva aqui!! Se puede comentar algo?? besines:

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  2. Pues vaya tonteria de blog no= si nadie contesta! vaya bodrio!

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  3. Silvia, Ya ves que estáis invitados a comentar, me gusta leeros . Un abrazo.

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Si así lo sientes, comenta, me encanta leerte.